miércoles, 9 de marzo de 2011

Aniversario

Sé que lo que no se mueve parece estar muerto. Sé que la fecha de defunción de este cuaderno tiene ya más de un año. Sé que entre los must más trendy de la red en ningún caso se encontrará resucitar un blog a estas alturas. Los sé. Pero es mío y me da la gana.

Hace semanas, meses quizá, que busco una excusa para resucitar el blog. Porque necesito eso que antes me daba él, ese espacio de intimidad, de serena reflexión. Y mira, he encontrado la excusa perfecta. Hoy, 13 de Marzo de 2011 se cumple el décimo aniversario de mi primera incursión en la red de redes. No, mi memoria no es tan maravillosa como para recordar el día exacto, recordaba el mes, para encontrar el día tuve que buscar un diario que entonces llevaba, un diario no muy diferente de este blog, solo que privado. Recuredo aquella tarde, recuerdo las primeras palabras que tecleé en el buscador de Navegalia, recuerdo el primer sitio a que me direccionó la búsqueda y el primer grupo de gente a la que conocí en el foro de aquella página. No sabía entonces que este invento cambiaría mi vida, mi modo de entender el mundo, de acceder al conocimiento, de relacionarme, de conocer gente.

Leía en las revistas, veía en los programas de la dos maravillas sobre internet, el medio del futuro. Y aquí estoy, en el futuro. Tengo amigos a los que jamás habría conocido de no ser por este medio, he empleado cientos de horas en saciar esa inmensa sed de conocimiento que presidía mi existencia. Este medio es ya parte de mi historia.

No estoy en el mejor momento de mi vida. Casi todo en ella se me ha ido de las manos, se me ha escapado de control. Volver a retomar ese camino de paz, de apacible, aunque no constante, felicidad que he perdido es ahora mismo el mayor de mis retos existenciales. Quizá por eso resucito el blog, porque me hace falta decir lo que siento. No sé si esta resurrección durará una temporada o si será una estrella fugaz. Lo que sé es que aquí estoy otra vez, a corazón abierto. Porque vivir duele y decirlo a veces alivia.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Lutgarda Melitón

Lutgarda Melitón se veía poseída a veces, durante días y noches, por una especie de superstición inversa. Necesitaba realizar compulsivamente, acciones que otros encontraban de mal agüero. Y necesitava evitar, por todos los medios, ritos propiciatorios, gestos proveedores de buena fortuna. Su confesor pensaba que no era más que una manía. Ella se sospechaba poseída por algún diablo maléfico.

Si equivocaba el pie y salía de la cama con el derecho, tenía que volver a deslizarse entre las sábanas y esperar a que volviera el sueño y dormir, y sólo luego, con cuidado de no olvidarse de poner el pie izquierdo el primero sobre las baldosas siempre frías de mosaico hidráulico, era capaz de empezar un día tedioso de rituales inversos. Tardes infitas pasando bajo una escalera, cenas interminables arrojando la sal hasta que no quedara un grano, paseos por el corredor y las habitaciones con dos paraguas abiertos, uno en cada mano...

Desde que empezaron sus manías, su hermana Eduviges Melitón no venía ya jamás a visitarla sin llamar previamente por teléfono y cerciorarse de que no estaba poseída en aquellos momentos. Las chicas de la partida y del coro parroquial la evitaban elegante y sutilmente. Don Luis se negaba a darle la absolución si no hacía propósito de enmienda, si no renunciaba a la soberbia de creerse poseída y si seguía molestando a sus seres queridos con tanta absurda costumbre.

Pero Lutgarda sabía que su condenación era segura, porque llevaba dentro, la había llevado siempre, una díscola incorregible y ególatra, una pecadora irredenta, una rebelde, una serpiente del edén que necesitaba ir contra las convenciones y las bunenas costumbres de la gente buena.

viernes, 7 de agosto de 2009

nosotros

...y de pronto un día ya solo vimos una solución. Pasar la frontera que tanto temíamos. No nos quedaba claro qué podría haber al otro lado. Ni siquiera dónde se había establecido la lína después del último armisticio. Habíamos trabajado mucho a cambio de casi nada, sacrificando los días de sol y las noches de luna en el altar de un futuro que nunca se acercaba. Y creímos que quizá, de aquel otro lado la desesperación tendría las uñas menos afiladas. Pero siempre fuimos conscientes de que podría ser peor.

Tampoco importaban nuestras filosofías mezquinas ni nuestras ensoñaciones mercantilistas. Lo que arriesgábamos era solo el surco seco de unas lágrimas, el insomnio crónico de un abejorro febril. Naderías. Si era nuestro sino lo sería aquí y allí. Y lo bueno era que conservábamos esa sal de la rebeldía, ese no conformarnos. Y que cuando nos miraron a los ojos en la garita de la línea de alambre de espino del armisticio temieron la rabia que centelleaba en nuestras pupilas y bajaron la cabeza y no hicieron preguntas.

Fue nuestra primera victoria en la vida, tan humilde, tan insignificante...

martes, 21 de julio de 2009

tú, diez años después.

Facebook es un invento diabólico. Si le sumas al diablo que lo inventó la ansiedad de Julio, el aburrimiento de Julio, la sensación de inflexión vital de Julio... cualquier cosa es posible. Siempre intuí que tendrías perfil en ese invento del diablo, porque tú eres muy de esas cosas. Pero también sabía que tu nombre vulgar, tu apellido vulgar me harían difícil encontrate. Y no te busqué, por eso o porque no quería encontrarte. Pero ayer, Julio y el diablo me obligaron. No fue fácil. Sabía que no podía poner tu nombre, tu apellido y encontrate entre trescientos, me fui acercando sibilinamente, buscando gente a la que tendrías agregada, gente con nombres y apellidos menos habituales. Y me sorprendió que no tuvieras ya relación con alguno de ellos. Llegué a pensar en la posibilidad de que no tuvieras perfil, pero deseché la idea de inmediato. Insistí. Al final llegué por donde menos esperaba. Tu cara. Gafas de sol. Entradas. Se te han caído los pómulos en estos diez años. Pero envejeces mejor que yo. Y ya está. Tampoco me importa tu vida. Pero me hace preguntarme qué pensarías de la mía.

miércoles, 8 de julio de 2009

de montañas.

A veces uno cree que ha saltado todas las piedras grandes del camino, que ha sorteado las trampas, que ha sido capaz de olvidarse a ratos de los obstáculos y mirar el emocionante paisaje. Y entonces aparece, amenazadora, esa montaña que mirabas a veces de reojo sin querer reconocer que estaba allí. Ya no quedan atajos. Hay que encararla. Miras un momento al suelo, te tiemblan las rodillas ante el reto. Pero has aprendido tanto en el camino, qué es una montaña, cuál es su fuerza no la pueda; y sobre todo qué paísaje sobrecojedor habrá tras ella. Está decidido, en breve comienzo la escalada.

jueves, 14 de mayo de 2009

dios

Podrías haber hecho tambalearse a un imperio con el parpadeo de tus ojos pero no podías apartar de ti esa tristeza que te llenaba de tierra los ojos. Cómo saber dónde nació todo el dolor de tus labios, quién te sembró de estiércol la sonrisa, desde qué lugar llegaron a tus sienes los latidos de angustia que colonizan tu cerebro en riadas imparables. Podrías hacer así con una de tus manos, hacer un gesto leve, casi imperceptible, y al instante un ejército de abejas se aprestaría a cumplir tus deseos, pero tus manos están presas del terror que rige tus movimientos y tú no eres dueño de ninguno de tus miembros.

Es inútil preguntarte, interpretar tus leves movimientos por si hubiera en ellos una respuesta o un grito. Nada de lo que pudieras hacer o decir está destinado a mí, a nadie.

Qué honor tan irreverente tu poderío, qué alto, qué innombrable, qué difícil de alcanzar y sostener. Qué solitaria la cumbre, qué fría en la nevada y qué asfixiante en la solana, qué inabarcable su vista, qué vasta, qué falta de detalles y qué irreal.

Podrías haber pedido la felicidad eterna para ti y un enjambre de esclavos habrían sacrificado la suya en tu altar, podrías haber preguntado dónde están las fuentes de la alegría y todos los pájaros del mundo habrían suspendido sus trinos para buscarlas, podrías haber ambicionado una dulce ensoñación anestesiante que te librara del peso de tu poder y todas las vírgenes del universo habrían velado hasta la muerte para que tus párpados acariciaran la dulzura de su ensueño. Pero te fue imposible conseguir lo que querías sin que tu poder pisoteara las flores, sin que arrasara los sembrados de la felicidad hasta volverse injusto y aborrecible.

A veces te encorvas hasta casi besar tus rodillas, como un signo de interrogación, para poder preguntarte con mayor comodidad y arreglo a la gramática, por qué tu dominio es tan inmenso, por qué tu soledad tan yerma, por qué tu impotencia tan poderosa y tu poder tan impotente.

Cualquiera de nosotros sería capaz de darte consejos, de decirte aquello se hizo mal, esto otro ha de corregirse, más allá hay algún error que te sería fácil subsanar. Cualquiera de nosotros podría si no fuera porque una de tus miradas encierra poder suficiente como para abrasar nuestro cuerpo, porque el hálito que expeles al hablar podría levantarnos del suelo y arrojarnos al océano y porque tus palabras se cumplirían antes incluso de ser pronunciadas y tu poder nos borraría de la existencia por osar, inútiles y abyectos como somos, dirigirnos a ti.

Tú que debías escucharnos, tú que tenías el deber de poner orden en nuestro mundo, apenas puedes poner orden en tu casa, preso como estás de este miedo que te paraliza. Y no es que se equivocaran al designarte, eras el preciso, el adecuado, el más bello y más justo entre los bellos y los justos, pero te invistieron de un poder tan absoluto...

Uno de tus suspiros provoca huracanes, sequías interminables, hambrunas. Una de tus lágrimas desborda los ríos de sus cauces, provoca olas de cien metros en el mar.
Si te levantaras de pronto y decidieras desarraigar todos los males del mundo te bastaría una palabra para hacerlo pero quién sabe qué desastre sembrarías de paso, qué impredecible cambio dejaría atrás el caos de tu manto si movieras uno solo de sus pliegues. Podrías no ser infinitamente misericordioso, podrías no sufrir por cada uno de los sufrimientos que sembraras, pero entonces tu poder no sería omnímodo, sería un poder vulgar, como el de cualquier reyezuelo.

Y mientras la duda te consume, mientras meditas si debes o no debes actuar, el mundo sigue girando y se ordena como buenamente puede, en medio del albedrío desquiciado de tu inoperancia


Encontré, ordenando el ordenador, este párrafo, parte de un algo mayor que ya no será. Lo escribí hace muchos años. Me resulta curioso, me atrae y me horroriza casi a partes iguales. Y me apeteció exponerlo al frío de fuera para ver cómo reacciona.

martes, 21 de abril de 2009

Me veo.

Me veo pasear por las habitaciones y no me reconozco. Quién es este yo tan seguro de sí mismo, tan sobre los miedos que dominaron su vida.

Me veo al otro lado del espejo y no me reconozco. Quién es este yo que aplaza ser él mismo y se deja arrastar por el trabajo durante horas, días, meses, años.

Me veo frente al ordenador y no me reconozco. Quién es este yo que da vueltas sobre su eje sin ser capaz de sacar adelante nada, sin brillo, sin fuerza.

Me veo entre los campos y no me reconozco. Quién es este yo que se para, cierra los ojos, siente el sol, el aire, el silencio, el paisaje y tiene orgasmos de placer cone el mundo de fuera, olvidando el dolor que alguna vez llevó dentro.

Quizá vivir es no reconocerse.
 
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