viernes, 22 de febrero de 2008

La Soledad

 
Se apagaron las palabras y quedaron los silencios enredados en miradas y dijeron tantas cosas que no podían decir la palabras... No me gusta el título de la película, en ella apenas hay soledad, si acaso incomunicación, imposibilidad de lanzar puentes que te hagan entender al otro y permitirle verte sin aditamentos. La soledad es otra cosa, la soledad es eliminar al otro del discurso, suprimir el ruído que es siempre el otro, y sumergirse dentro, atrevernos a enfrentarnos con lo que somos. La incomunicación es siempre frustrante, la soledad puede ser demoledora o absolutamente gozosa.

De cualquier modo la película me gusta porque no es convencional, porque no se ciñe a un lenguaje, a unas leyes previas y externas a ella. Y eso me parece especialmente meritorio en un tiempo como el que nos ha tocado vivir en que el cine y la literatura se valoran por su facilidad de consumo. La mayor parte de las producciones que nos ofrecen o de las novedades editoriales se ciñen a unos parámetros previos conocidos por el lector/espectador/consumidor para no incomodarlo, para no cuestionar sus prejuicios, para que vuelva a consumir rápido el mismo producto fast-food previsible. Y yo, qué queréis, soy un antiguo, o sea, un vanguardista. Me gusta que me hagan cuestionarme los lenguajes aprendidos, me gusta que me enseñen que alterando el orden o la importancia de los elementos las mismas palabras dicen cosas nuevas.

Y me gusta la complejidad de las emociones humanas. Y lo que dicen las palabras detrás de su significado evidente. Y lo que nos cuesta hacer las cosas más fáciles y cómo por eso mismo terminamos haciendo las más difíciles. Y cómo mendigamos amor negando que nos lo den. Y qué difícil es todo, y qué fácil. Y todo eso sin recurrir a jugarretas sentimentalistas, sin darnos la comida molida, templada y aséptica de lo previsible.
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miércoles, 30 de enero de 2008

El Coordinador.

Desde hace semanas intento descubrir al coordinador. Me asomo a la calle sorpresivamente y no veo a nadie. Pienso por un momento que quizá esté oculto en la esquina o en la tienda de enfrente. Pero me parece descabellado, los clientes tendrían que venir corriendo por la calle y no los oigo jadear. De lo que no tengo duda es de que el coordinador existe. Cada vez que sale un cliente me siento, me pongo las gafas, miro a la pantalla del ordenador y en ese preciso instante, sin dejarme siquiera fijar la vista, entra otro cliente. Me levanto, me quito las gafas, lo atiendo, me vuelvo a sentar y en el lapso de tiempo que va entre ponerme las gafas y mirar a la pantalla -tres segundos como mucho- vuelve a entrar el próximo. Si pruebo a quedarme de pie, esperando, entonces no entra nadie. Después de dos o tres minutos, harto de esperar, me siento y me coloco las gafas, entonces sí, en ese preciso momento suena la puerta. He buscado la cámara en el aparato de aire acondicionado, entre los chicles, en los enchufes, en la luz de encendido de la pantalla del ordenador, en las lámparas... pero no la encuentro. Quizá el coordinador no necesite cámara, quizá intuya mis movimientos para adaptar el flujo de clientes a mi ritmo mental. Los tiene a todos allí, en fila, con la mano puesta en el pecho del primero, atisbando en el aire mis vibraciones mentales, AHORA, les dice y el primer cliente de la fila sale disparado hacia la puerta, llega unos segundos depués de que haya salido el anterior, justo el tiempo preciso para que me haya sentado, me haya puesto las gafas. Yo no quiero, señor coordinador, poner trabas a su impresionante labor de coordinación, a su precisión increíble, a su laboriosa minuciosidad, yo solo quiero saber quién es para felicitarle.

domingo, 13 de enero de 2008

libertad

En el siglo XVIII, siglo de las luces, de la Ilustración, del voluntarismo del ser humano que se creyó capaz de dominar al mundo y dominarse a sí mismo mediante la razón, se acuño por primera vez el concepto de los derechos individuales. Ya en 1688 tras el triunfo de la revolución que llevó al trono de Inglaterra a Guillermo de Orange se instituyó un corpus legislativo inspirado en los pensamientos de John Locke, el primero en hacer mención de "The Individuals Wrihgs". Pero es tras la sublevación de las trece colonias norteamericamericanas y su consiguiente independencia y fundación de un estado constitucional, cuando las ideas liberales que ponen al individuo como centro del derecho, se convierten en una realidad. Según la Constutución Americana uno de los cometidos fundamentales del Estado es la protección de los Derechos Individuales, incluyendo en ellos uno de los más poéticos que pueda tener Constitución alguna "el derecho a la búsqueda de la felicidad".

Algo que hoy, en nuestra sociedad "de bienestar" occidental, nos parece tan evidente, no fue comunmente aceptado hasta hace poco más de doscientos años y todavía hay países donde los derechos individuales están en la legislación nacional por debajo de otros derechos colectivos. Así las esposas deben someterse al marido y las hijas al padre porque la institución familiar está por encima de su libertad individual. Y lo mismo ocurrió también en occidente. La familia, el clan, la tribu, la nación, el grupo religioso... hubo y hay muchos derechos colectivos que han impedido a lo largo de la historia al individuo ejercer su libertad, sus derechos fundamentales. No olvidemos que hasta hace 60 años no fueron recogidos los derechos individuales en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que aún hoy no se cumplen en muchos países.

Por eso cuando oigo a esos padres del Foro de la Familia y organizaciones afines hablar del derecho de los padres, de la familia, a dar a sus hijos una educación al margen de los consensos generales, de la legislación vigente y de los Derechos Humanos si les place, cuando los veo manifestarse para exigir su derecho a que nadie pueda cuestionar el tipo de ideas que quiern inculcar a sus hijos, me acuerdo de lo que nos costó tener derechos individuales, ser libres de la tutela de una instutución o de varias, convertirnos en individuos responsables con capacidad para ejercer su libertad y afrontar sus consecuencias.

sábado, 10 de noviembre de 2007

rayo

Farmacia de pueblo. Madre A, treinta y muchos con niño de unos dos años que correteaba por todos lados. Madre B, al borde de los treinta con niña de meses en el carrito. También estaba la señora C sin niño aquel día, cuarenta y pocos. Todas más o menos amigas/conocidas. El niño ya hemos dicho que correteaba y la niña del carrito cada vez que lo veía aparecer hacía aspavientos, reía, pero él volvía a desaparecer absorto en su juego. La señora C le dije, Alejandro, hazle caso a Paula que se vuelve loca cada vez que te ve, que se noten los hombres, los machotes que encandilan a las mujeres. La madre A inmediatamente dice, oye, tú a mi niño no me lo condiciones, a él le gustará encandilar a las mujeres o a los hombres, eso el tiempo lo dirá. A lo que la B y C responden lacónicamente, también es verdad. En la escena falta un espectador, yo, agradablemente sorprendido de lo que acababa de presenciar. Tú a mi niño no lo me lo condiciones. Este es otro mundo, otra España rural, otra España. A veces un breve rayo de esperanza de que un futuro mejor es posible se abre paso entre la tiniebla.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Saber.

Es un tiempo raro este que vivo. Es como hacer una mudanza durante el día y que todo vuelva a su lugar por la noche. Es como contener una marea del Pacífico con un dedal niquelado. A veces parece fácil, otras imposible. Sé que no comento vuestros blogs y que solo a veces los leo, tarde siempre. Sé que me pierdo en detalles ínfimos o en proyectos inabarcables. Sé que se me escurren entre los dedos los días y las noches. Sé que yo he cavado las simas y he levantado las montañas. Sé tantas cosas de las que a ratos me olvido...

lunes, 22 de octubre de 2007

metajolibú

Haga usted un refrito con Los otros y El espinazo del diablo, agréguele unas gotitas del más rancio cine fantástico de los ochenta a lo poltergeist y le saldrá el orfanato. Esa película tan maravillosa que ahora resulta que va a salvar la cinematografía patria.

No me gusta el cine fantástico ni la literatura fantástica ni los metalenguajes culturales ni los homenajes endogámicos ni los géneros canónicos ni los neo-estilos. No me gustan porque siempre me parecen el camino fácil, trillado. Muchas veces se reviste la cosa de un aura elitista y opaca porque así parece que las metaculturas retroalimentadas de sí mismas son más cultura. Pero en realidad son la nada, un pluff, un pedo, el vacío.

Como el año pasado se nos fue la mejor y dejamos que los mejicanos les colaran a jolibú una castaña casi nuestra envuelta en fantasía, metalenguajes culturales y cine de género, este año hemos hecho la misma perra con distinto collar para colársela nosotros. Pero hasta los tontos aprenden. O no.

martes, 16 de octubre de 2007

una lluvia débil que cala

Llegó a primera hora de la tade. Dijo hola muy educadamente y se sentó a esperar de espaldas al balcón. Lo reconocí. Traía las canas más blancas, las ojeras más hondas y la mirda más perdida. Pero también traía la voz profunda y las manos grandes de siempre. Estaba ya oscureciendo cuando le hice pasar. No se quejó ni preguntó si llegaba ya su turno. Había estado lloviendo casi toda la tarde, los niños estuvieron pegados a los cristales del balcón mirnado a los automóviles levantar el agua a ambos lados de la plaza. Pero a esa hora solo quedaba la luz meditabunda de la farola irrumpiendo con majestad en la sala y él, sentado todavía en el mismo sitio, más hundido y más digno.

¿Vas a soltarme el discurso, pregunté? Solo entonces abrió la boca. Es increíble lo que estamos haciendo con el mundo, vamos contra la naturaleza, destrozamos la costumbre, lo natural, por el simple placer de verla perecer. De pronto yo estaba sentado en una silla de mimbre y mi madre gritaba al fondo y el discruso catastrofista se extendía durante horas. Es como tú, que te crees que eres alguien porque tienes un despacho o una consulta o lo que sea esto. Pero no tienes dignidad, te pasarás la vida luchando con ser alguien pero jamás tendrás capacidad para serlo. El asiendo de la silla de mimbre parecia hacerse elástico, parecía querere engullirme, mi madre gritaba más alto al teléfono y el seguía haciendo caer su discurso como una lluvia débil que cala. Todos éramos malos entonces. Y ahora. como si no hubieran pasado veinte años en un parpadeo. Sonreí. Es nuestro sino, la herencia familiar, llevamos en el alma la semilla de la destrucción.
 
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