jueves, 27 de marzo de 2008

Wilma

Wilma siempre supo que no era bueno hacer caso a las personas sensatas. Pero terminó eligiendo seguridad en lugar de libertad, terminó sacrificando el presente para ganar el futuro.

Wilma siempre supo que el amor era mentira, pero terminó abriéndose el corazón de par en par para que se lo apuñalaran, una vez, dos, tres, hasta que se le hizo piedra pomez y empezó a flotar sobre las miasmas del amor.

Wilma siempre supo que el agua ahoga y que el fuego quema, pero apagó el ardor de su alma con marejadas incontrolables.

Wilma siempre supo que perder la cabeza era malo, pero ahora que a ratos siente que la realidad se le escapa por los resquicios y que pierde contacto con ella, se siente aliviada.

lunes, 17 de marzo de 2008

Marcial

Marcial era un hombre apocado y nihilista más por falta de entusiasmo que de fe, el entusiasmo le pareció siempre un afán agotador. Se sentaba junto al dintel de la puerta de su casa cada tarde, abatido por las altas temperaturas y por el carácter de su mujer y allí esperaba a ver cómo todos los problemas se iban solucionando cuando se cansaban de incordiar. A la hora en que el sol parecía un recuerdo cada vez más remoto y una brisa lejana y desvahída hacía nubes en sus hombros, se solucinaba uno de sus problemas inmediatos, el de las altas temperaturas. Liberado así, de uno de sus abatimientos notaba que el ánimos y la determinación se le recuperaban fastuosamente y se sentía capaz de levantarse, de agarrar la silla con mano firme, de subir el lumbral, y de caminar hasta la habitación, destapar la cama y echarse a dormir. Porque, a pesar de todo, Marcial era un Hércules en potencia.

jueves, 6 de marzo de 2008

deriva

Hace mucho tiempo, más de media vida ya, estuve en contacto con un grupo neocatecumenal de un pueblo cercano al mío que pretendía crear una comunidad en la localidad donde vivía -y vivo-. Asistí a encuentros, charlas, reflexiones, lecturas comentadas del evangelio y a una ceremonia eucarística de largo -pero ameno- ritual. Estuve a punto de iniciar el camino neocatecumenal, pero algo que no sabría explicar me impulsó a no hacerlo. Esa decisión provocó que algunas personas de mi círculo de amistades más cercano me dieran la espalda abierta y sectariamente. Su actitud me reafirmó en lo decidido. Y me fui alejando, quizá como preludio de lo que me ocurriría un par de años después: mi vuelta definitiva a la razón y mi alejamiento de la superstición religiosa. Comprendí, entre otras muchas cosas, que aquellos que condenaban mi amor no predicaban el amor sino el dolor y el sometimiento.

A pesar de su compromiso extremo, casi excluyente, y de su férreo control moral y de costumbres, el movimiento neocatecumenal tuvo para aquel yo adolescente en busca de una identidad propia, un gran atractivo, fundamentalmente porque era profundamente conciliar. Tenía ese halo hippie, pacifista y de compromiso personal y apolítico que envolvió a muchos grupos cristianos tras la renovación propiciada por el Vaticano II.

Por eso me sorprendió ver una enorme pancarta del grupo al que estuve cercano en el acto político de Diciembre en la plaza de Colón de Madrid. Y me sigue sorprendiendo que una pareja, miembros del grupo "hermano" de Bollullos sean los primeros en obtener una sentencia judicial favorable en la guerra política contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía. ¿Cuál ha sido su deriva en los últimos quince años? ¿Cómo un grupo nacido al calor de la renovación conciliar termina aliándose con los apóstoles de la vuelta a Trento? ¿Cómo aquellos "revolucionarios" han terminado convirtiéndose en adalides de la involución? Estoy muy lejos de la Iglesia Católica y de cualquier sentimiento religioso en general, quizá mi deriva ha sido mayor que la de ellos, pero la suya no la comprendo, sinceramente. Son el nuevo Opus, aquellos plutócratas a los que despreciaban.

jueves, 28 de febrero de 2008

sábado, 23 de febrero de 2008

No menear los genitales donde no se debe

Un diputado israelí: 'Los homosexuales tienen la culpa de los terremotos'


Los homosexuales son responsables de la ola de terremotos que ha sacudido Israel en los últimos meses porque, según él, Dios ya advirtió de que no hay que 'menear' los genitales donde no se debe, dijo el miércoles en la Knesset (Parlamento) un diputado israelí religioso ortodoxo.

'El Talmud nos dice que una de las causas de los seísmos, que la Knesset legitimó, es la homosexualidad', dijo Shlomo Benizri, uno de los 12 diputados del partido Shass, refiriéndose al texto que recoge la tradición oral religiosa judía.

La Knesset legalizó la homosexualidad en 1988 y en los años siguientes diversos textos legales han reconocido los derechos de los homosexuales.


Movimientos sísmicos
'Dios dijo que sacudiría el mundo para despertaros si meneábais vuestros genitales donde no se supone que no tenéis que hacerlo', dijo Benizri ante una comisión parlamentaria que estudia las medidas para protegerse de los movimientos sísmicos.

Israel ha sufrido varios sismos en los últimos meses, el último de ellos el viernes, uno de 5 grados en la escala de Richter.

El valle del Jordán, el mar Muerto y, más al sur, el desierto de Arava y el mar Rojo, se encuentran sobre la falla sirio-africana, un lugar de frecuente actividad sísmica.


He visto la luz. Dejad de provocar sunamis, maricones.

viernes, 22 de febrero de 2008

La Soledad

 
Se apagaron las palabras y quedaron los silencios enredados en miradas y dijeron tantas cosas que no podían decir la palabras... No me gusta el título de la película, en ella apenas hay soledad, si acaso incomunicación, imposibilidad de lanzar puentes que te hagan entender al otro y permitirle verte sin aditamentos. La soledad es otra cosa, la soledad es eliminar al otro del discurso, suprimir el ruído que es siempre el otro, y sumergirse dentro, atrevernos a enfrentarnos con lo que somos. La incomunicación es siempre frustrante, la soledad puede ser demoledora o absolutamente gozosa.

De cualquier modo la película me gusta porque no es convencional, porque no se ciñe a un lenguaje, a unas leyes previas y externas a ella. Y eso me parece especialmente meritorio en un tiempo como el que nos ha tocado vivir en que el cine y la literatura se valoran por su facilidad de consumo. La mayor parte de las producciones que nos ofrecen o de las novedades editoriales se ciñen a unos parámetros previos conocidos por el lector/espectador/consumidor para no incomodarlo, para no cuestionar sus prejuicios, para que vuelva a consumir rápido el mismo producto fast-food previsible. Y yo, qué queréis, soy un antiguo, o sea, un vanguardista. Me gusta que me hagan cuestionarme los lenguajes aprendidos, me gusta que me enseñen que alterando el orden o la importancia de los elementos las mismas palabras dicen cosas nuevas.

Y me gusta la complejidad de las emociones humanas. Y lo que dicen las palabras detrás de su significado evidente. Y lo que nos cuesta hacer las cosas más fáciles y cómo por eso mismo terminamos haciendo las más difíciles. Y cómo mendigamos amor negando que nos lo den. Y qué difícil es todo, y qué fácil. Y todo eso sin recurrir a jugarretas sentimentalistas, sin darnos la comida molida, templada y aséptica de lo previsible.
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miércoles, 30 de enero de 2008

El Coordinador.

Desde hace semanas intento descubrir al coordinador. Me asomo a la calle sorpresivamente y no veo a nadie. Pienso por un momento que quizá esté oculto en la esquina o en la tienda de enfrente. Pero me parece descabellado, los clientes tendrían que venir corriendo por la calle y no los oigo jadear. De lo que no tengo duda es de que el coordinador existe. Cada vez que sale un cliente me siento, me pongo las gafas, miro a la pantalla del ordenador y en ese preciso instante, sin dejarme siquiera fijar la vista, entra otro cliente. Me levanto, me quito las gafas, lo atiendo, me vuelvo a sentar y en el lapso de tiempo que va entre ponerme las gafas y mirar a la pantalla -tres segundos como mucho- vuelve a entrar el próximo. Si pruebo a quedarme de pie, esperando, entonces no entra nadie. Después de dos o tres minutos, harto de esperar, me siento y me coloco las gafas, entonces sí, en ese preciso momento suena la puerta. He buscado la cámara en el aparato de aire acondicionado, entre los chicles, en los enchufes, en la luz de encendido de la pantalla del ordenador, en las lámparas... pero no la encuentro. Quizá el coordinador no necesite cámara, quizá intuya mis movimientos para adaptar el flujo de clientes a mi ritmo mental. Los tiene a todos allí, en fila, con la mano puesta en el pecho del primero, atisbando en el aire mis vibraciones mentales, AHORA, les dice y el primer cliente de la fila sale disparado hacia la puerta, llega unos segundos depués de que haya salido el anterior, justo el tiempo preciso para que me haya sentado, me haya puesto las gafas. Yo no quiero, señor coordinador, poner trabas a su impresionante labor de coordinación, a su precisión increíble, a su laboriosa minuciosidad, yo solo quiero saber quién es para felicitarle.
 
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