Desde hace semanas intento descubrir al coordinador. Me asomo a la calle sorpresivamente y no veo a nadie. Pienso por un momento que quizá esté oculto en la esquina o en la tienda de enfrente. Pero me parece descabellado, los clientes tendrían que venir corriendo por la calle y no los oigo jadear. De lo que no tengo duda es de que el coordinador existe. Cada vez que sale un cliente me siento, me pongo las gafas, miro a la pantalla del ordenador y en ese preciso instante, sin dejarme siquiera fijar la vista, entra otro cliente. Me levanto, me quito las gafas, lo atiendo, me vuelvo a sentar y en el lapso de tiempo que va entre ponerme las gafas y mirar a la pantalla -tres segundos como mucho- vuelve a entrar el próximo. Si pruebo a quedarme de pie, esperando, entonces no entra nadie. Después de dos o tres minutos, harto de esperar, me siento y me coloco las gafas, entonces sí, en ese preciso momento suena la puerta. He buscado la cámara en el aparato de aire acondicionado, entre los chicles, en los enchufes, en la luz de encendido de la pantalla del ordenador, en las lámparas... pero no la encuentro. Quizá el coordinador no necesite cámara, quizá intuya mis movimientos para adaptar el flujo de clientes a mi ritmo mental. Los tiene a todos allí, en fila, con la mano puesta en el pecho del primero, atisbando en el aire mis vibraciones mentales, AHORA, les dice y el primer cliente de la fila sale disparado hacia la puerta, llega unos segundos depués de que haya salido el anterior, justo el tiempo preciso para que me haya sentado, me haya puesto las gafas. Yo no quiero, señor coordinador, poner trabas a su impresionante labor de coordinación, a su precisión increíble, a su laboriosa minuciosidad, yo solo quiero saber quién es para felicitarle.