sábado, 16 de abril de 2011

Paradoja

Una de las máximas ineludibles en las última semanas es no dejar de hacer. Hacer todas las cosas que hacía, ir a los sitios a los que iba, sin placer, a veces sin ganas. Porque lo contrario es dejar que el dragón te domine, te aparque en un rincón de la vida. Y mientras haces las cosas que hacías, mientras vas a los lugares a los que solías ir, algo dentro te dice que esas no son ya tus cosas, que esos no serán ya tus lugares dentro de algún tiempo. Intuyes que algo está cambiando en tu vida, aunque no sabes hacia donde va, lo único que ves claro es que para llegar a ese lugar ignoto tienes que mantener la maquinaria en marcha, cumplir con los ritos del pasado, uno por uno, seguir viviendo una vida que quizá no sea ya tu vida.

miércoles, 6 de abril de 2011

domador

Desde la adolescencia una idea presidió mi vida. La de escapar, huir a un lugar nuevo donde poder construirme a mí mismo sin el peso de la familia, el entorno, la incomprensión. De hecho recuerdo que, a los 18 años, la tarde que me monté en el tren rumbo a la ciudad para convertirme en universitario, estaba tan absolutamente convencido de que no había camino de vuelta posible, que solté alguna lágrima escuchando machaconamente en el walkman a Ana Belén y desde mi libertad.

Pero las limitaciones casi nunca están fuera, por más que insitamos en culpar a los demás de lo que nos pasa, desde luego nunca están exclusivamente fuera por más que nos empeñemos en el victimismo. Y una serie de circunstancias y de incapacidades personales, terminaron haciéndome volver, derrotado, masticando léntamente la hiel de mi fracaso. Hubo otros intentos de huida. Inexplicablemente infructuosos algunos de ellos. No supe o no pude encontrar trabajo en un momento más propicio que el actual. Terminé enredado en una maraña que me llevó a ser todo lo que nunca quise, a vivir de la manera contraria a lo que siempre soñé.

Y ese tener que volver o no saber huir me obligaron a enfrentarme cara a cara a los fantasmas a los que tanto temía. Los fantasmas son siempre mucho más pequeños y menos aterradores cara a cara.

En aquel tiempo me sentí conquistador de mi mundo. Me conocí tanto a mí mismo por el camino, supe tanto de mi felicidad, de mi paz, de mi sosiego.

Pero todo eso es siempre un vídrio de color, quebradizo. Debajo de las alfombras hay siempre nuevos dragones escondidos. El dragón de los otros, de mi relación con lo demás, es uno que nunca venzo del todo. Y el dragón de los miedos, que cuando se desata es capaz de dominar mi existencia toda.

Y ahí sigo, intentando vivir, aprendiendo a domesticar dragones.

lunes, 21 de marzo de 2011

Tú, que me miras desde el espejo, tan delgado, tan ojeroso y sin embargo tan guapo. Quién eres. Qué buscas en el fondo de mis pupilas. Por qué no tienes las ruspuestas. Tú, que me miras todas la noches, todas la mañanas. Por qué no sabes dónde estoy. Quién eres, quiénes somos. Dónde perdimos nuestro yo de pronto. Por qué somo hijos del miedo y del dolor tan de repente. Tú, tú que tienes cara de conocerme. Por qué no me lo dices. Por qué no descubres el camino, un camino, nuestro camino.

viernes, 18 de marzo de 2011

pequeño hombre triste

El pequeño hombre triste siempre fue consciente de que movía su universo sin punto de apoyo. Pero aún así le parecía suficientemente solido y perdurable. Lo había creado él, con sus propias manos, con mucho esfuerzo y trabajo, argumentando cada engranaje, cargando de poesía las transmisiones, musicalizando los ejes. No era un unierso perfecto. Era un universo habitable, con sencillos pasajes de felicidad, con los miedos, tan aterradores en versiones anteriores de su universo, bajo un control racional muy sutil. Parecía valer para el espacio de una existencia.

Pero algo falló. No lo notó los primeros días, la anguastia se cuela a veces entre las rendijas y hay que echarla con cuidado y paciencia para que todo vuelva a funcionar. Lo fue notando luego, cuando la angustia trajo instrumental propio de sus labores y mobiliario y sin pedir permiso instaló todo aquello por los rincones. El pequeño hombre triste, que sólo unos meses antes se había sentido tan alto, tan brillante como un arcángel adolescente, volvió a verse en el espejo tan poquita cosa...

Conquista un rincón y se siente como Carlomagno. Al día siguiente la inquilina le intruduce un tábano en la cabeza y se adueña su voluntad durante días. Siembra mala yerbas, estercoleros y sobre todo miedos que lo paralizan. El pequeño hombre triste sabe que ha podido ya con inquilinos poderosos y mantiene dentro una llama de esperanza, aún, a pesar de estar aterrado ante la perpectiva bélica que le espera en los próximos días, quizá meses o años, hasta ser capaz de deshauciar a la ocupa sin morir en el intento.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Aniversario

Sé que lo que no se mueve parece estar muerto. Sé que la fecha de defunción de este cuaderno tiene ya más de un año. Sé que entre los must más trendy de la red en ningún caso se encontrará resucitar un blog a estas alturas. Los sé. Pero es mío y me da la gana.

Hace semanas, meses quizá, que busco una excusa para resucitar el blog. Porque necesito eso que antes me daba él, ese espacio de intimidad, de serena reflexión. Y mira, he encontrado la excusa perfecta. Hoy, 13 de Marzo de 2011 se cumple el décimo aniversario de mi primera incursión en la red de redes. No, mi memoria no es tan maravillosa como para recordar el día exacto, recordaba el mes, para encontrar el día tuve que buscar un diario que entonces llevaba, un diario no muy diferente de este blog, solo que privado. Recuredo aquella tarde, recuerdo las primeras palabras que tecleé en el buscador de Navegalia, recuerdo el primer sitio a que me direccionó la búsqueda y el primer grupo de gente a la que conocí en el foro de aquella página. No sabía entonces que este invento cambiaría mi vida, mi modo de entender el mundo, de acceder al conocimiento, de relacionarme, de conocer gente.

Leía en las revistas, veía en los programas de la dos maravillas sobre internet, el medio del futuro. Y aquí estoy, en el futuro. Tengo amigos a los que jamás habría conocido de no ser por este medio, he empleado cientos de horas en saciar esa inmensa sed de conocimiento que presidía mi existencia. Este medio es ya parte de mi historia.

No estoy en el mejor momento de mi vida. Casi todo en ella se me ha ido de las manos, se me ha escapado de control. Volver a retomar ese camino de paz, de apacible, aunque no constante, felicidad que he perdido es ahora mismo el mayor de mis retos existenciales. Quizá por eso resucito el blog, porque me hace falta decir lo que siento. No sé si esta resurrección durará una temporada o si será una estrella fugaz. Lo que sé es que aquí estoy otra vez, a corazón abierto. Porque vivir duele y decirlo a veces alivia.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Lutgarda Melitón

Lutgarda Melitón se veía poseída a veces, durante días y noches, por una especie de superstición inversa. Necesitaba realizar compulsivamente, acciones que otros encontraban de mal agüero. Y necesitava evitar, por todos los medios, ritos propiciatorios, gestos proveedores de buena fortuna. Su confesor pensaba que no era más que una manía. Ella se sospechaba poseída por algún diablo maléfico.

Si equivocaba el pie y salía de la cama con el derecho, tenía que volver a deslizarse entre las sábanas y esperar a que volviera el sueño y dormir, y sólo luego, con cuidado de no olvidarse de poner el pie izquierdo el primero sobre las baldosas siempre frías de mosaico hidráulico, era capaz de empezar un día tedioso de rituales inversos. Tardes infitas pasando bajo una escalera, cenas interminables arrojando la sal hasta que no quedara un grano, paseos por el corredor y las habitaciones con dos paraguas abiertos, uno en cada mano...

Desde que empezaron sus manías, su hermana Eduviges Melitón no venía ya jamás a visitarla sin llamar previamente por teléfono y cerciorarse de que no estaba poseída en aquellos momentos. Las chicas de la partida y del coro parroquial la evitaban elegante y sutilmente. Don Luis se negaba a darle la absolución si no hacía propósito de enmienda, si no renunciaba a la soberbia de creerse poseída y si seguía molestando a sus seres queridos con tanta absurda costumbre.

Pero Lutgarda sabía que su condenación era segura, porque llevaba dentro, la había llevado siempre, una díscola incorregible y ególatra, una pecadora irredenta, una rebelde, una serpiente del edén que necesitaba ir contra las convenciones y las bunenas costumbres de la gente buena.

viernes, 7 de agosto de 2009

nosotros

...y de pronto un día ya solo vimos una solución. Pasar la frontera que tanto temíamos. No nos quedaba claro qué podría haber al otro lado. Ni siquiera dónde se había establecido la lína después del último armisticio. Habíamos trabajado mucho a cambio de casi nada, sacrificando los días de sol y las noches de luna en el altar de un futuro que nunca se acercaba. Y creímos que quizá, de aquel otro lado la desesperación tendría las uñas menos afiladas. Pero siempre fuimos conscientes de que podría ser peor.

Tampoco importaban nuestras filosofías mezquinas ni nuestras ensoñaciones mercantilistas. Lo que arriesgábamos era solo el surco seco de unas lágrimas, el insomnio crónico de un abejorro febril. Naderías. Si era nuestro sino lo sería aquí y allí. Y lo bueno era que conservábamos esa sal de la rebeldía, ese no conformarnos. Y que cuando nos miraron a los ojos en la garita de la línea de alambre de espino del armisticio temieron la rabia que centelleaba en nuestras pupilas y bajaron la cabeza y no hicieron preguntas.

Fue nuestra primera victoria en la vida, tan humilde, tan insignificante...
 
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